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Federico y el desierto.

Publicado: marzo 27, 2011 en Uncategorized

Una gota de sudor descendió por la sien izquierda de Federico, siguió bajando por su cuello y súbitamente fue detenida por el cordón del escapulario con la imagen de la virgen de Guadalupe.

En ese momento Federico despertó; lentamente abrió los ojos y pudo darse cuenta de que seguía en la misma celda donde los oficiales lo habían dejado esa mañana. Todo era confuso y Federico tenía miedo, un miedo nuevo y extraño; un miedo que no lo dejaba pensar en nada más.

Aquella tarde hacía un calor de los mil demonios y Federico no paraba de maldecir los más de 45 grados centígrados y el aire acondicionado descompuesto, de la misma forma que maldecía su suerte, su vida y a él mismo; la temperatura, pensaba, no podía ser más que un presagio del infierno que estaba seguro le esperaba.

Todo pasó tan rápido que Federico casi no se dio cuenta de nada y ahora que lo pensaba, este era el primer momento en el que se encontraba solo en tres días; había dormido sólo una hora en el avión y otras tres en aquel lugar, estaba cansado y no quería levntarse de la cama; se sentía agobiado. No sabía bien a bien donde se encontraba y sin embargo lo imaginaba; el sólo recuerdo de aquella noche y de aquellos suburbios era suficiente para mantenerlo inmóvil en el colchón. Finalmente, después de un largo rato que para Federico fue eterno se puso de pie; se dio la vuelta y se atrevió a mirar por la ventanita con barrotes, por donde hasta ahora sólo había visto el cielo profundamente azul del desierto.

*   *   *

Federico salió de Mier una tarde medio nublada a principios de año. Las nubes grises habían marcado el inicio de su desgracia y desde entonces Federico siempre las veía con desconfianza. Mientras se alejaba de su hogar abordo de una pick-up roja, Federico recordó los naranjales del rancho familiar destruidos por las inundaciones que asolaron a Tamaulipas el verano pasado; pensó también en sus padres y en ese momento, un agudo dolor en el corazón le arrancó a sus ojos tres lágrimas; su padre –un anciano de setenta años– enfermó y murió de neumonía después de intentar –sin éxito– salvar a sus cabras de ser arrastradas por la crecida del río; su madre de sesenta, falleció meses después de tristeza y desesperanza.

En Ciudad Miguel Alemán las cosas fueron peores. Todo el mundo veía con recelo a los recién llegados, al final, su desgracia les mostraba la fragilidad de su propia situación: si la cercana Mier se había transformado en un infierno inhabitable por la guerra que azotaba a la región, no podía faltar mucho tiempo para que a Ciudad Miguel Alemán le tocara su turno.

Así, Federico buscaba trabajo sin conseguirlo; mientras la caridad de los habitantes de Ciudad Miguel Alemán se acababa con cada peso que el kilo de tortilla, el litro de leche o de gasolina subían de precio; a Federico de nada le servía su título como Ingeniero en Sistemas por la Universidad Autónoma de Tamaulipas. Nadie lo contrató.

Un buen día pasó; Federico se sentía agobiado y tenía frío, el invierno era especialmente duro ese año y el hambre era su peor consejera; desesperado, tomó la decisión. Regresó a la vieja casa de sus padres y sin más luz que la de la luna llená, comenzó a escarbar un hoyo bajo el naranjo del patio principal; de pronto, removiendo entre la tierra encontró una cajita de galletas cuidadosamente envuelta en dos bolsas de plástico de colores; su descubrimiento lo exitó y sus manos no dejaban de temblar.

Eran los tesoros de su familia. Cuando Federico era niño su padre le mostró el lugar y le dijo que si alguna vez se quedaba solo; fuera y escarbara ahí para buscar fuerza y sustento. Al abrir la cajita, Federico encontró protegidos por una servilleta que alguna vez había sido blanca, una foto de la boda de sus padres, el anillo de matrimonio de oro de su abuela paterna, el rosario de plata de su madre, la esclava de oro de su padre, treinta mil pesos en efectivo y tres centenarios, dos de oro y uno de plata, los cuales pertenecieron a su bisabuelo villista del que Federico escuchó tantas historias cuando era niño y jugaba junto a ese mismo árbol.

Por primera vez en tres meses, Federico lloró; lloró hasta que la luna desapareció por el horizonte y siguió llorando hasta mucho después de que el cielo se tiñera de azul, morado y rojo con el amanecer.

*   *   *

Después de malvender todo lo de valor salvo el rosario, Federico pensó que sería mejor viajar por el sur pues había escuchado muchas historias sobre los constantes asaltos y asesinatos en las carreteras del norte; a la mañana siguiente, se dirigió decididamente a la estación de autobúses y compró un boleto para Querétaro a donde llegó esa misma noche.

Al llegar a Querétaro, Federico tomó inmediatamente un taxi al aeropuerto, sin embargo, el tráfico provocado por un accidente en la autopista lo retrasó más de una hora y para cuando llegó, las agencias de viaje ya estaban cerradas, por lo que tuvo que pasar la noche en la sala de espera junto a otros viajeros trasnochados.

A primera hora del día siguiente Federico compró el boleto aéreo, feliz, lo sostuvo entre sus manos y sonrió. A la hora indicada se dirigió a la sala que le indicaba la pantalla, sin embargo, antes de abordar el avión Federico tuvo que pasar por tres estrictos controles de seguridad; la Policía Federal se encargaba de revisar a detalle el equipaje de mano y a los pasajeros mismos, mientras tanto, los perros entrenados paseaban plácidamente por los corredores del aeropuerto en búsqueda de drogas y armas; cuando lo revisaron a él, Federico sintió que lo trataron como a un criminal, tuvo miedo y pensó en los miles de muertos de la guerra que asolaba a su país, de una guerra de la que él mismo escapaba.

Después de más o menos una hora, el avión aterrizó. Eran las doce de la tarde y afuera el sol brillaba con fuerza; mientras Federico esperaba que su equipaje apareciera en la bandeja, no dejaba de pensar en la ventanilla del avión. El recuerdo de las ciudades hermanas extendiéndose frente al Océano Pacífico era fuerte y claro; San Diego y Tijuana –pensó Federico– parecían un solo rostro marcado por una enorme y horrible cicatriz: La frontera del norte y del sur; su destino.

En el aeropuerto ya lo esperaban. De pronto, cuando caminaba entre las tiendas, un hombre de estatura baja, facciones gruesas y aspecto amenazante lo tomó del brazo; Federico se detuvo en seco, se dio la vuelta y pudo ver que la persona que lo sujetaba iba acompañada de un tipo rubio, alto y con una expresión tan soberbia que parecía ser el jefe. Los sujetos se presentaron y le recordaron a Federico que lo conocían de antemano porque parte del acuerdo, era que debía enviar a los polleros una fotografía para preparar los papeles falsos y hacer todo más discreto.

Los hombres condujeron a Federico rápidamente al estacionamiento y salieron a toda velocidad del aeropuerto en un automóvil gris con vidrios obscuros. Federico recordó entonces que había olvidado en su maleta el comprobante de los tres mil pesos que había depositado en una cuenta bancaria de los polleros; se lo comentó al hombre alto y éste le respondió en buen español, que no importaba, puesto que iba bien recomendado.

Federico pensó entonces en Ignacio y Lourdes, sus amigos del bachillerato que vivían en Nueva York con Josefina, su hija, y se sintió profundamente agradecido con ellos por haberlo contactado con los polleros. En ese momento, el hombre alto le exigió el dinero, diez mil pesos ahora, veinte mil más y el comprobante cuando estuvieran lejos y seguros del otro lado; ante todo la seriedad, le recordó a Federico con un tono burlón.

*   *   *

Nueva York era tal y como en las películas, pensaba Federico una tarde libre mientras paseaba por la ciudad; los rascacielos, los árboles de navidad, los puentes, los parques, todo era tal y como esperaba. Ese día comenzó a nevar; por la mañana era sólo un poco, pero para la noche, la sexta tormenta invernal más grande de la historia paralizaba la ciudad y sus alrededores.

Miles de dólares y algunos cuantos empleos se perdieron esos tres caóticos días en Queens; el transporte funcionaba a la mínima capacidad y las máquinas para la nieve sólo despejaban la autopista urbana que conectaba a Manhattan con los aeropuertos, sin embargo, a Federico no le importó caminar en la nieve y esa noche, mientras regresaba a casa, pensó que también en Estados Unidos el gobierno atendía primero a los ricos y a los turistas.

A pesar de la nevada, a la pizzería donde trabajaba Federico le iba bastante bien; los empleados que no pudieron salir más allá de sus barrios por la nieve acumulada, aprovecharon para tomarse un descanso con sus familias y aparentemente, a los gringos les gustaba mucho la Pizza, sobre todo la de tres quesos con Mexican Green Spicy Pepper, especialidad de su amigo Juan, el poblano.

Por lo demás Federico estaba contento, le quedaba más que claro que Queens tampoco era el mejor lugar del mundo, pero al menos ahí se sentía más seguro que en México. En la televisión las noticias de la cadena en español no dejaban de pintar al país como un panteón y un osario ensangrentado; si bien Federico siempre debía cuidarse de la policía gringa, al menos aquí ya no tenía miedo de acabar destazado en medio del desierto, colgado de un puente o en medio de una balacera y además, a pesar del invierno y de estar solo, tampoco le temía al frío o al hambre.

El dueño de la pizzeria era de Veracruz y además de un sueldo no tan malo siempre daba de comer a sus empleados. A Federico le alcanzaba para rentar una pequeña habitación en la casa de Reina, una hondureña que cocinaba muy bien y mes con mes pagaba el dinero que Ignacio le prestó; compró ropa nueva baratísima, un celular usado con pantalla táctil y hasta un playstation que jugaba en su tiempo libre con Justin Sebastián, el hijo de Reina. Por primera vez en mucho tiempo, Federico sentía algo cercano a la felicidad.

*   *   *

La vista desde la ventina con barrotes le produjo sensaciones encontradas. A Federico siempre le gustó el desierto, el cielo claro, el silencio impenetrable, la vida y la muerte mordiéndose la cola entre la arena; recordó como cuando era niño solía internarse en él con su padre para cazar serpientes, águilas, venados y coyotes. Después, Federico sintió nauseas y su mundo se vino de nuevo abajo; encerrado en aquella celda no podía sino sentirse la presa.

Por la ventanita con barrotes, Federico vio el desierto extenderse hacia el horizonte hasta confundirse con el cielo como si fuera el mar. Conocía el lugar, ahí lo dejaron los eficientes polleros y además, desde el edificio donde se encontraba alcanzaba a ver el letrero que marcaba el camino al downtown; se trataba de Tucson, Arizona.

Federico sintió pánico y trató de conjurar a los demonios de su cabeza pero no pudo; de pronto se sintió petrificado. Súbitamente, Federico recordó todo, más bien, se sintió como transportado a un momento anterior, a unos meses atrás muy cerca de donde se encontraba ahora.

*   *   *

De Tijuana a San Diego, Federico pasó por la línea dentro de un Toyota gris con placas de California. En la Garita, el hombre alto parecía conocer al oficial de migración, puesto que, tras entregarle unos pasaportes que sacó de la guantera del auto, lo saludó discretamente; el oficial no respondió, tomó los documentos, los pasó por el escáner y tras devolvérselos les ordenó –en inglés y casi sin verlos– avanzar.

Los polleros cobraban caro, pero eso sí, con ellos la gente pasaba segura, sin contratiempos y siempre por la línea; sólo trabajaban por recomendación de otros clientes por lo que Ignacio tuvo que rogarles que ayudaran a Federico y además, depositar los dos mil dólares necesarios para comenzar el trámite. Al final de sus servicios los polleros dejaban a las personas en alguna ciudad alejada de la frontera en California, Nevada, Texas o Arizona desde donde se podía tomar con toda seguridad un autobús a cualquier parte de los Estados Unidos.

Ese día tocaba Tucson. Durante el largo viaje ni los polleros ni Federico hablaron más de lo necesario, más tarde, el hombre alto se durmió. Federico se sentía incomodo y se dedicó a mirar por la ventana del automóvil, le intrigaba la peculiar manera en que el día y la noche se fundían en uno sólo atardecer de aquel desierto de Arizona; pensó en su niñez en Tamaulipas y pensó también en los cientos de inmigrantes que por tener menos dinero que él, mueren cada año viendo ese maravilloso atardecer. Federico se sintió con el corazón oprimido y así, finalmente se quedó dormido.

Federico despertó cuando ya era de noche, antes de dejarlo en la terminal de autobuses, los hombres hicieron una parada en los suburbios de la ciudad donde las casas eran como de película gringa –pensó Federico–. El auto se detuvo frente a una construcción de dos pisos en madera pintada de verde obscuro y beige; el jardín tenía un árbol grande del que colgaba un columpio y la cerca blanca también era de madera. Los polleros le dijeron que se quedara en el auto; el más chaparro bajó y sacó de la cajuela dos grandes maletas, entró a la casa y tras 10 minutos salió del garaje en otro automóvil, esta vez un Volkswagen negro de lujo. El hombre alto le dijo a Federico que continuarían en el otro vehículo y finalmente lo dejaron a una cuadra de la terminal de autobúses; una vez dentro, Federico llamó a Ignacio y compró un boleto a Nueva York; se sentía feliz, por fin todo iba marchando bien y pronto podría comenzar una nueva vida lejos de todo.

Mientras viajaba con rumbo al norte y miraba la luna brillar sobre el desierto desde la ventana del autobús, Federico se quedó dormido tranquilamente por primera vez en mucho tiempo.

*   *   *

Afuera, mientras anochece y el cielo del desierto se tiñe de rojo, las nubes presagian el inicio de otro verano; adentro, en el comedor, Federico sostiene en una mano el pedazo que le queda del escapulario con la imagen de la virgen de Guadalupe, mientras con la otra come un hot dog. En la pequeña televisión alguien sintoniza el canal en español y sube el volúmen, Federico voltea institintivamente al aparato y atento, escucha a la presentadora cubana que con su acento de Miami, anuncia a viva voz que el incremento de la violencia en México es un peligro para la seguridad americana.

Con la comida en la boca, Federico sonríe desequilibradamente con la expresión descompuesta; se carcajea y después llora, grita y finalmente golpea el suelo con la charolita de plástico. Rapidamente, Federico es inmovilizado por los oficiales de manera violenta y llevado nuevamente a la celda de castigo, donde pasará otros tres días en las penumbras, completamente solo.

Una vez ahí, Federico llora.

*   *   *

Federico lleva tres años en la cárcel, fue encontrado culpable de ser parte de una red de tráfico de armas hacia México; el agente del consulado en Tucson que atendió su llamada, pensó lo mismo y ni siquiera lo visitó. Si tiene buena conducta, Federico podrá salir en unos diez años más; entonces, las autoridades estadounidenses lo deportarán a México.

Federico será llevado de vuelta a Matamoros, Tamaulipas, desde donde podrá regresar a Mier, abrir un cibercafé y comenzar de nuevo su vida –eso, si después de la guerra, todavía existe un lugar llamado Mier, o Tamaulipas o México; o si después de diez años aquí, todavía existe un sujeto llamado Federico– piensa a veces en su celda de la prisión del desierto.

*   *   *

 

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DIFUNDIR Y DENUNCIAR LO OCURRIDO

Inconformes y propositivos como jóvenes y estudiantes que somos, indignados por la guerra que de nuevo nos invade, por los más de 31 mil asesinados en ella, por los colgados, degollados y destazados cada vez más habituales, por la agresión a Darío Álvarez, estudiante de 1er semestre de sociología, baleado por un policía federal durante la onceava ‘Kaminata contra la muerte’ dentro del campus de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez; un nutrido grupo de estudiantes de diferentes universidades decidimos llevar a cabo una Jornada de Movilización en contra de la Militarización y en Solidaridad con Ciudad Juárez.

 

Esta jornada consistió en primer lugar en una caminata en la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México, la cual se realizó el jueves 18 sin mayor problema; el segundo, acompañar la marcha la Jornada Nacional de Repudio al mal gobierno el viernes 19; y finalmente el día 20 de noviembre, centenario del inicio de la Revolución Mexicana; punto de partida de esta parte del relato.

 

De nuestro lado, decidimos en esta fecha alzarnos con las armas más poderosas que tenemos: la imaginación, nuestra palabra y un sinfin de razones que nos asisten; salimos a enfrentar al desfile militar que se impuso sobre la ciudad y así, representar en 5 breves minutos, el asesinato de una indígena que pide dignidad, un trabajador que pide trabajo, una mujer que no quiere más abusos y un estudiante que clama educación, todos a manos de un policía federal y un militar; la puesta concluye con una invitación a la reflexión

 

La puesta se montó alrededor de 11 ocasiones sobre Av. Juárez, a la altura del hotel Hilton, del Hemiciclo a Juárez y en diversos puntos de la explanada del Palacio de Bellas Artes; la recepción de la gente fue en general muy buena, hubo aplausos y felicitaciones, es evidente que el descontento que expresamos es generalizado y el acercamiento con la gente fue directo y sincero; incluso, cuando algún estudiante de la Facultad de Estudios Superiores de Acatlán (UNAM) nos gritó que ‘nos pusiéramos a trabajar’, fue el mismo público quien salió en nuestra defensa. Así, todo marchaba como debía, con públicos que en algún momento llegaron a ser de más de 100 personas, habremos sido vistos por unas 800 en ese lapso.

 

A media tarde, nos encaminamos hacia la explanada del Museo Nacional de Antropología e Historia, a encontrarnos con diferentes colectivos de estudiantes de la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional y la Universidad Autónoma Metropolitana, ahí se decidió montar nuestra puesta en el Monumento a la Revolución, para lo que haríamos una breve marcha desde el Ángel de la Independencia; nos subimos a un camión, pagamos tod@s el pasaje, y llegamos al Ángel.

 

Tomamos uno de los carriles centrales de Reforma con lo que elementos de la Policía del Distrito Federal comenzaron a caminar a nuestros costados, de pronto, a medio camino entre las glorietas del Ángel y de La Palma, un primer grupo de alrededor de 25 policías nos obstruyeron el paso; conscientes y dialógicos, decidimos subir a la banqueta y continuar nuestro camino, a lo que los policías respondieron obstruyéndonos la circulación en las áreas peatonales y comenzando a rodearnos.

 

La policía del Distrito Federal, nos secuestró, nos privó ilegalmente de nuestra libertad y obstruyó nuestras libertades de tránsito y manifestación en el Paseo de la Reforma, en el Centenario de la Revolución; las negociaciones comenzaron, un compañero leyó el texto de la Constitución Mexicana que la autoridad estaba violando, la tensión y la aprehensión no dejaban de subir; tampoco lo hacía la adrenalina con cada grupo de uniformados que se sumaban a nuestro alrededor; deben haber sido cerca de 80 elementos para un grupo de poco más de 50 estudiantes.

 

Se nos dijo que no podíamos llegar al monumento a la Revolución pues ahí se preparaba todo para su reinauguración a cargo del Jefe de Gobierno del DF, Marcelo Ebrard, jefe supremo de quienes nos acorralaban; en algún momento se manejó el Hemiciclo a Juárez, pero tampoco, ahí se llevaba a cabo el acto político a cargo de Andrés Manuel López Obrador’, ambos ‘líderes’ de la izquierda mexicana y precandidatos a voces a la Presidencia de México. Finalmente nos dijeron -Al Ángel-; y al Ángel fuimos de vuelta.

 

Caminamos al Ángel, en una manifestación en contra de la violencia y la militarización, en solidaridad con los estudiantes balaceados, secuestrados, golpeados y reprimidos de Ciudad Juárez y otros lugares, en contra de la criminalización de la protesta y de la juventud; marchamos por Reforma rodeados de policías; y al menos 10 patrullas; en ese momento.

 

Gritábamos, nos enfurecíamos; la fuerza de la razón y el diálogo de la juventud, del estudiantado, de los universitarios críticos y conscientes fue acordonada por la fuerza bruta y numérica del Estado, junto a la embajada gringa fue lo mismo; se denunció el sufrimiento en Palestina, la guerra en Irak y Afganistán, por que sí tocan a un@, nos tocan a todos, aquí y donde sea.

 

En un momento, con la coordinación que nos caracteriza, existimos como jóvenes, corrimos y no nos alcanzaron; las pésimas condiciones físicas y las deficiencias alimentarias en que los mantiene su estatús, no permitió a la policía alcanzarnos, al grito de un Goya y un Huelum nos detuvimos un poco después y seguimos en nuestra manifestación bajo las miradas recelosas de aquellos a quienes hicimos desquitar un poco más su deprimido salario.

 

Llegamos al Ángel, pero una vez más no nos dejaron avanzar; de pronto pasó; el tiempo tomó otra velocidad y otra atmósfera, se volvió denso y pesado; llegaron los granaderos, fuerzas antidisturbios del gobierno de la Ciudad; y entonces se detuvo por completo, mientras el sonido de sus escudos retumbaba en el piso y en mis oídos y veía su expresión fría, sus cascos, y sus toletas guardadas junto a la perspectiva del atardecer bajo un Ángel que nos recuerda las libertades adquiridas con la sangre de nuestros pueblos, una postal fría, un momento terrorífico.

 

El pánico se desató cuando nos comenzaron a replegar a la banqueta, unos corrieron rumbo al hotel Sheraton-María Isabel y escaparon; otros fuimos a las banquetas y jardineras del paseo de la Reforma y nos quedamos ahí, sintiendo la presión de un grupo de granaderos rodeándonos, protegidos y armados, solo quedábamos una treintena.

 

En ese momento, otro lapsus, una compañera los vió venir y nos anunció, otro cuerpo entero de granaderos llegó cerrándose en 5 filas sobre nosotros 30, había también muchas patrullas y dos camiones de la Red de Transporte de Pasajeros obstruyendo la vista desde Reforma, una de las avenidas más turísticas y transitadas de la Ciudad.

 

El ambiente era extremo para entonces, rodeados, algunos quisieron sentarse, exponiéndose a ser golpeados y detenidos fácilmente, la represión y el miedo se sentían en el aire, y de pronto sucedió lo a mi entender es una de las grandes estrellas de la jornada; se montó una vez más el acto teatral; rodeados por granaderos, interpretamos frente a ellos la mirada que el otro, nosotros, tenemos de ellos, el militar y el federal haciendo violentas revisiones a los personajes, asesinándolos después, una mujer que llora, se desgarra en lamentos y los llama asesinos, al final, un sujeto de a pie, como tu y como yo, es también masacrado, pues no hay ya quien lo defienda.

 

Ver la reacción de los granaderos fue impresionante, fue secuestrarlos a ellos como ellos a nosotros, fue denunciar su abuso en su cara, fue tocar fibras sensibles, humanas, en ellos; hay un vídeo que pronto se tendrá en línea en el cual podrán apreciarlo mejor; en todo caso fue en mi opinión el mejor montaje del día.

 

Finalmente nos dejaron ir; en una cadena salimos gritando y continuamos hacia Metro insurgentes atravesando el corazón de la Zona Rosa, con algunos policías todavía, pero eso sí con nuestras consignas a viva voz, Juárez, Juárez no es cuartel, fuera ejército de él / No estamos tod@s, faltan l@s muert@s / sí tocan a uno, nos tocan a todos, Darío, Darío,Darío somos todos / ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué nos asesinan?, Sí somos la esperanza de América Latina / Otra vez, el mismo cuento de antes, no somos sicarios, somos estudiantes / 10 policías por cada estudiante, es el centenario del gobierno farsante.

 

Llegamos al Metro Insurgentes, una última representación, Telesur grabando, breves posicionamientos, y algunos desencuentros, al final nos fuimos, alterados pero completos.

 

Para 50 peligrosos estudiantes armados con la palabra y el diálogo, el Gobierno del Distrito Federal destinó esa tarde alrededor de 100 policías, unos 100 granaderos, unos 30 elementos de tránsito y alrededor de 20 vehículos, entre patrullas, camiones de granaderos y de la Red de Transporte de Pasajeros del DF.

 

El GDF montó un operativo para detener una pequeña puesta en escena y una manifestación totalmente pacífica de jóvenes estudiantes en contra de la militarización, la violencia, la represión, la violación de libertades y derechos ciudadanos, el asesinato de nuestros iguales, la criminalización de la protesta, la juventud y el estudiantado, contra la falta de democracia, participación y oportunidades de vida; este es el verdadero México 2010.

 

Es pavoroso vivir en un país así, y es responsabilidad de cada quien hacer algo para cambiarlo, antes de que sea demasiado tarde; hoy en México estamos de nuevo en guerra, sin embargo esta no es una guerra de los pueblos, aunque sean ellos quienes ponen los muertos, es una guerra producto de los intereses económicos y políticos de los cárteles en México, Estados Unidos y de los gobiernos de ambos países.

 

No es una guerra que queramos, no es una guerra necesaria; el narcotráfico no se acabará matando a los sicarios, detrás de ellos hay una horda de seres humanos que viven en la total precariedad, sino en abrir oportunidades verdaderas para los pueblos y las personas y no para las empresas y capitales como se hace hoy en México. Para que la gente no tenga que abandonar su tierra hacia el norte, dedicarse al crimen o al narcotráfico se necesita Educación, Trabajo, Paz, Autonomía y muchas otras condiciones que no interesan a este gobierno.

 

Actuemos ahora, antes de que sea demasiado tarde.

 

Asamblea Interuniversitaria, convoca la Coordinadora Estudiantil contra la Militarización y en Solidaridad con Ciudad Juárez. Auditorio Lenin, martes 23 de noviembre, 14:00 hrs, Escuela Superior de Economía del Instituto Politécnico Nacional, Casco de Santo Tomás, metro Normal. México DF

Las recientes catástrofes provocadas por las intensas lluvias de este año que han afectado a cientos de miles de personas en los Estados de Chiapas, Oaxaca, Tabasco, Veracruz, Nuevo León y Tamaulipas son sólo una muestra del poder destructivo de la naturaleza desatado por la constante acción e inacción de los seres humanos.

Con su constante acción modernizadora, algunos hombre han contaminado ríos, lagos y mares, desaparecido bosques y montañas, destruido valles y selvas, con su inacción, otros hombre lo han permitido; sin embargo no es posible ignorar el sufrimiento causado a estas familias, la desesperación, la muerte y la pérdida de los escasos bienes acumulados gracias al trabajo de años.

La incapacidad de los gobiernos Federal, Estatales y locales por prevenir, controlar y manejar los desastres es más que evidente y como siempre, son las personas las que tienen que pagar los costos de su corrupción y negligencia. La acción y la inacción de los gobiernos genera el sufrimiento de cientos de miles de mexicanos; la acción y la inacción del resto lo tolera, lo permite e incluso lo alienta.

Hoy día ya no es posible continuar aletargados; frente al cambio climático, la contaminación generalizada de los ecosistemas y la desaparición de cientos de especies es necesario reflexionar, proponer y discutir alternativas que sean a la vez novedosas e incluyentes.

El Foro Social Indígena 2010 será un espacio donde, desde los pueblos originarios se buscarán alcanzar acuerdos y soluciones entre diferentes organizaciones de la sociedad civil, estudiantes y medios de comunicación; cada una de las mesas de discusión será una oportunidad de construir sinergias que se vean reflejadas en propuestas de acción y colaboración.

El trabajo que se desarrollará en los días por venir será crucial no solo para nosotros, sino también para nuestras organizaciones y comunidades; para quienes venimos de fuera será una oportunidad para acercarnos a la sabiduría de los pueblos originarios y conocer así otras maneras de relacionarnos con la naturaleza y con los otros, construyendo otras formas de organización económica, política y social más justas y más humanas.

Aprovechémoslo.

Foro Social Indígena 2010

Foro Social Indígena 2010 8-12 Octubre. UIEG La Ciénega, Malinaltepec, Guerrero.

Viene de: https://alcoba334.wordpress.com/2010/09/04/%C2%BFmexico-2010-i/

Así pues, hoy como ayer nos encontramos en medio de una guerra; una guerra que no es nuestra en ningún sentido, que nosotros no elegimos, para la que nunca se nos consultó. Una guerra que no es más que un acto del más puro autoritarismo de un Ejecutivo que falto de legitimidad buscó en las armas lo que no encontró en las urnas y cuyo accionar violento y torpe no ha logrado más que desbordar la furia de los cárteles de la droga hacia la sociedad entera, envolviéndola en su sangrienta pugna por territorio, poder, dinero y gloria.

Aprovechando el impulso y la proyección del discurso internacional de la Guerra Contra El Terror y de la Seguridad Nacional (puesto en boga por el desafortunado ex ocupante de la Sala Oval, George Walker Bush), Felipe Calderón (quien se dice Presidente de algún México, que, según afirma su publicidad va por la ruta correcta.) ha buscado legitimar su guerra hasta el punto de presentarla como necesaria e indispensable, como la única vía posible “Para vivir Mejor”. (Como sí la violencia pudiera generar algo más que violencia o destrucción)

En todo caso, ¿Vivir mejor? ¿Sentirse seguro o segura? ¡De qué se trata todo esto! ¿Es posible que alguien en San Luis Potosí, Nuevo León, Michoacán, Morelos, Tamaulipas, Querétaro, Sinaloa, Chihuahua, Guerrero, Zacatecas, Coahuila, Durango, o cualquiera de los otros muchos Estados afectados por esta guerra, podría decir que se siente más seguro o que vive mejor?.

A la vez que más de 50 millones de mexicanos se ven envueltos en el círculo vicioso de la pobreza, millones de dólares, tanto nacionales como extranjeros, son movilizados hacia la compra de armas de grueso calibre, municiones, equipos, construcción de cuarteles y centros de mando, establecimiento de redes de comunicación estratégica, entrenamiento de personal profesional, en general, todo lo necesario para que narcos, policías, soldados y marinos libren batallas en barrios, calles y carreteras.

El Gobierno del desEmpleo y las Armas utiliza así no solo el poder del Estado para imponer sus políticas sino que se vale también de aquel del terror. Por un lado el miedo contribuye a eliminar la participación ciudadana en los asuntos públicos del país y por el otro la represión y el olvido acallan las demandas de trabajadores, campesinos, indígenas y de otros marginados de este México 2010.

Mientras en San Juan Copala la gente también mata gente a balazos en su propia guerra, (esa que sí es tristemente suya), surgen blogs/agencias de noticias especializados en narcotráfico; nadie, tristemente casi nadie, se da cuenta del sufrimiento de una mujer triqui que recorre más de 20 kilómetros en una noche arriesgando su vida bajo el fuego de los paramllitares mientras acarrea todo lo que la fuerza de su cuerpo le permita a fin de poder mal alimentar a su familia; pero sí de los 3 muertos y 5 heridos de la última balacera en Sinaloa.

Sin la intención de minimizar o relativizar sufrimiento alguno, el objetivo de esta entrada es denunciarlos todos pues son crímenes que no pueden y no deben quedar impunes.

El sufrimiento de un ex trabajador de Luz y Fuerza del Centro, el de un minero reprimido en Cananea, el de una madre en Copala, el de un damnificado por las inundaciones en el sureste, el de los perseguidos, presos y desaparecidos políticos o aquel que cargan los millones y millones de mexicanos que sobreviven en la miseria o el de los desempleados y subempleados que se ven empujados al círculo vicioso de la pobreza (principal semillero de sicarios y soldados por igual) o de aquel que tiene que abandonar su tierra y su gente por los caminos del norte.

¿Cuántos más son necesarios?, ¿Cuánta más sangre se tiene que derramar antes de que digamos ¡No más!?.

Es necesario espabilar y reconocer que más allá de nuestras diferencias y similitudes, de que no sepamos hacia donde vamos, que queremos o quienes somos como sociedad hay dos cosas que no podemos dejar de lado; en primer lugar, que somos nosotros quienes habitamos esta realidad y en segundo que somos también nosotros los que la construimos; sí no sabemos que es lo queremos, tal vez podamos intentar conocer y apostar por aquello que NO podemos querer.

(Pienso que:)

No quiero un México donde la sangre corre a caudales, no quiero guerra y no quiero violencia. Sin embargo este mal gobierno se prepara para más enfrentamientos y obtiene de nuestros impuestos el dinero que necesita para sostener este conflicto que evidentemente se le escapa de las manos; del otro lado de la moneda son nuestros bolsillos los que pagan las armas.

No quiero un México donde reina la injusticia ni la pobreza, donde los más desfavorecidos se ven obligados a matar para sobrevivir o migrar; donde la noche -y el día- son sinónimos de riesgo por la inseguridad creciente; no quiero un México donde no se puede estar en PAZ.

No quiero un México donde la palabra y el cuerpo de los pueblos son sistemáticamente ignorados y lastimados, donde protestar es un delito y exigir un cambio justo y necesario es castigado con la cárcel; no quiero un México sin LIBERTAD.

No quiero un México donde mi dinero pague los insultantes sueldos de legisladores, ministros y toda esa costosa, incompetente, insultante y vergonzosa clase política que tenemos. Nuestros representantes deberían ser ejemplos de buena conducta y valor, no ladrones, corruptos y asesinos.

No quiero un México donde la participación política, económica, social y cultural se restrinja a unos cuantos, donde se ignore la voluntad de los pueblos, donde el que que manda no obedece a nada más que a su interés; no quiero un México autoritario.

Hoy 15 de septiembre, a doscientos años del inicio de aquella gesta libertaria, no dejemos que a pesar del dolor y el sufrimiento nos arrebaten nuestra celebración, más bien al contrario, utilicémosla para trascender la reflexión e impulsar un cambio profundo en las estructuras de poder que nos dominan.

Si denunciamos la guerra y escogemos la paz y el diálogo, reivindiquemos nuestro derecho a ejercer una verdadera democracia a través de la cual seamos capaces de desmantelar el sistema corrupto y comenzar una auténtica discusión sobre el rumbo que habremos de tomar.

Tenemos que exigir una auténtica participación y capacidad de incidencia en las políticas del Estado; todos tenemos que ver más allá de nuestras narices y comprender que sí seguimos por esta ruta, donde el bienestar de unos cuantos está determinado por el sufrimiento de millones, pronto, realmente muy pronto, nos veremos envueltos en un infierno peor del que vivimos. Tanto como los poderosos deben de renunciar a sus privilegios basados en el sufrimiento del otro, los excluidos deben de reclamar su derecho a participar.

En este México 2010 tenemos que comenzar una nueva transformación sí no queremos que todo, absolutamente todo, se venga abajo y para ello el primer paso es acabar con esta guerra sin sentido y sacar del poder a sus partidarios.

Esta noche, con rabia y con valor gritemos juntos y a viva voz, ¡Que Viva Otro México! y ¡Qué muera el mal gobierno!

Feliz 15 de septiembre.

Desde hace algunos días no había puesto mucha atención en leer el diario, razón por la que sólo me encontraba superficialmente informado de las últimas noticias. Es por ello que hoy, decidido a actualizarme, reviso los titulares y artículos de los días pasados; mientras leo una a una las noticias en mi computadora una sola idea comienza a instalarse en mi mente hasta cubrir todos mis pensamientos; TERROR. (Sí de alguna manera es cierto que existen fuerzas malignas en este mundo, no tengo duda que andan muy activas últimamente.) Por un momento interrumpo el trabajo que ha absorbido toda mi atención en los últimos meses y escribo; pues no puedo no hacerlo.

Las advertencias del Comandante Fidel sobre el peligro nuclear que tal como él mismo, revive; resurgiendo con fuerza y vitalidad desde un pasado donde los hombres aprendieron la manera correcta de destruir el mundo y estuvieron al borde de hacerlo.

La ominosa masacre de 72 migrantes centro y sudamericanos en el Estado de Tamaulipas a manos de sicarios del cártel narcotraficante de Los Zetas, representa un terrible y doloroso botón de entre los millares de balaceados, asesinados, decapitados, colgados de puentes, destazados (y  víctimas de otras excentricidades); protagonistas todos de escenas de horror que se suceden todos los días a lo largo  y ancho de nuestro país.

El poder destructivo de la naturaleza, que, despertado por las actividades industriales necesarias para sostener la ilusión de la vida moderna para unos cuantos, sumado a la vergonzosa y tradicional corrupción e incapacidad de los gobiernos Federal y locales en México para prevenir, o al menos responder al desastre; hace que más de 360 mil personas se vean afectados en los ya de por sí marginados Estados de Tabasco, Veracruz, Oaxaca, Guerrero y Chiapas.

Trescientas sesenta mil lágrimas, trescientos sesenta mil sufrimientos, trescientos sesenta mil horrores en este país donde a nadie le sorprende ya nada, y trescientos sesenta mil afectados no son tantos finalmente en este México de ciento quince y pico millones de desesperanzas. (¿Cómo celebrarán el bicentenario del Grito de Dolores trescientos sesenta mil damnificados? -y contando-, pienso)

Al tiempo que, por un lado uno de los más emblemáticos especímenes de la corrupción ideológica a la que ha podido llegar la curia católica, Onésimo Cepeda –Don Millonésimo- declara que el Estado laico es una jalada (chaqueta, paja, masturbación), por el otro, un espécimen igualmente singular del gorilismo político, el Secretario del Trabajo y Previsión Social (sic) Javier Lozano afirma cínicamente que en México hay paz laboral y cero huelgas. ¡La razón de la sinrazón!

Todo este desorden me trae de vuelta al título de esta entrada, ¿México 2010?. De que se trata todo eso, que tiene de especial este año, ¿Por qué se habla tanto de él?.

Lógico sería pensar que es por el 200° aniversario del arranque oficial de la Guerra de Independencia por el cura Hidalgo en Dolores como dicen los libros de historia y el bombardeo publicitario (gubernamental y privado); sumado al 100° aniversario del inicio pactado de irse a la bola y hacer la Revolución Mexicana, porque en ese México  no había más salida que la violencia. (¿y en éste?, me pregunto)

Pero no. No creo que es por eso, al menos no sólo por eso. Muy en el fondo es algo que todos sabemos, sentimos, y vemos, algo que por igual sufrimos y lloramos:

Nuestro país simplemente se desmorona en pedazos: la violencia recorre nuestras calles, las ráfagas de muerte caen igual sobre los sicarios y jefes del narcotráfico, militares, marinos y policías de todos los niveles, que sobre padres, hijos, estudiantes y las cientos de víctimas desconocidas de una guerra que nos ha envuelto lenta y fríamente hasta cubrirnos por completo.

-A la pobreza ya estábamos acostumbrados- me dicen mientras recorremos las recolonializadas calles del centro de Cuernavaca -pero ésto es otra cosa, ¡Qué es eso de que anden matando, colgando y cortando en pedazos a la gente!-.

Sin embargo yo pienso que ahí está precisamente el punto. La pobreza es pues la principal causas de la violencia (y mucho más la sistemática pobreza de nuestros países), el narcotráfico alimenta sus filas de entre los millones de seres que no podrían sobrevivir sino es matando. Hordas de mercenarios hambrientos y armados. Con parejas, con hijos, con sueños e ilusiones, con risas y sufrimientos; que por mucho que su accionar nos horrorice y desconcierte, son y serán al final personas como nosotros. (¿Cómo celebrarán los sicarios el bicentenario?, pienso)

No busquemos en sus sociopatías las razones de todo esto. Al final ellos son los más afectados, los que se matan entre sí en una lucha encarnizada por las fortunas de unos cuantos Señores de la Guerra y de la Droga (narcotraficantes y gobernantes corruptos y espurios por igual). Pensemos más bien en ellos y en como hemos podido permitir nosotros que ellos tengan hoy, en este México 2010, tanto poder para dañarnos y lograr que en nuestro país un sólo ser humano (aunque sean miles) pueda transformarse en un ser capaz de asesinar, decapitar y destazar a sus oponentes en esta guerra absurda que les es tan ajena como a nosotros, aunque ellos sean  desafortunados protagonistas y nosotros no. -O aún no-. (¿Quién dice que a uno no le tocará un balazo y acabara en la portada del Extra de Morelos o cualquier otro periódico amarillista?)

En todo caso cabe señalar que este año los mexicanos* Sabíamos que este era nuestro año, que esos grandes hitos que forman nuestra identidad nacional serían fuertemente recordados, que debería ser también una oportunidad para la reflexión y el debate para de alguna forma empezar de nuevo, celebrando como nos gusta, que las cosas tenían que ir bien o por lo menos mejorando, porque los doscientos años de independencia y los cien de revolución tendrían que haber servido de algo.

Y sin embargo todos podemos apreciar hoy que las cosas no están bien, que no están mejorando y que aparentemente no lo harán por un buen rato. Ante ello, el desazón, la vergüenza y la tristeza se apoderan de algunos; rabia, histeria y deseos de venganza de otros; desidia y frustración de bastantes; lagrimas, impotencia y gritos de justicia de millones. ¿Qué tenemos que celebrar en el México del Veinte Diez? A 11 días de La Magna Celebración tan publicitada.  ¿Tenemos que celebrar que ahora como entonces estamos en medio de una Guerra?, una guerra que lleva ya 28 mil muertos y contando? ¿Una guerra que ya empezó otra vez?

Es por eso que se habla tanto de este año y  es por lo que pronto, todas las calles de este país se cubrirán de Verde, Blanco y Rojo, los medios de comunicación al servicio de ellos mismos (como parte del sistema que genera nuestra desgracia), aumentarán su bombardeo patriotero, llamadas de Unidad Nacional en torno a ésta, Nuestra Magna Celebración, nuestro año, nuestro país. Tratando todos por todos lados de maquillar el rostro de un México rajado a balazos, de un México que no se quiere despertar, pero que cuando lo haga no dejará nada en pie.

Entre la guerra, la inestabilidad social, los desastres naturales y la celebración, los mexicanos nos desgarramos emocionalmente y sin embargo no podemos dejar pasar más el tiempo, tenemos que tomar el reto y reflexionar, para después pasar a la acción generadora del cambio; tengamos pues el valor de ver a nuestra realidad de frente y contemplarla fríamente, vis-à-vis, para conocer sus horrores y sus injusticias, para aprehenderla y hacerla de nuevo nuestra.

Recordemos que somos nosotros quienes la vivimos y la moldeamos día con día con nuestras acción o no-acción, y que somos nosotros lo que podemos elegir entre el desazón o la esperanza, quienes podemos decir YA BASTA y empezar de nuevo a construir ese otro mundo que se nos escapa de las manos con cada balazo, ya sea en Ciudad Juárez o en Afganistán, con cada día que Estados Unidos de América (o cualquier otro) pueda destruirnos a todos. Nosotros y nadie más somos los responsables de nuestro futuro; ¡CONSTRUYÁMOSLO!

Quitémonos la parálisis del terror y pasemos a la acción, para acabar con el poder que ellos y su Guerra tienen de dañarnos y que éste; nuestro México, y todos los mundos que hay en él, sean verdaderamente nuestros y de todos, no de unos cuantos.

*(Generalizando así a los habitantes del territorio hoy conocido como México. Aunque hay mexicanos de muchos tipos, tamaños, formas, culturas, comidas y lenguas  y sobre todo con muchos mundos en la cabeza.)

Calderón Ejército

¿Más real?

Mexicano Patriotero

Mexicanos en plenitud.



Sierra Gorda de Querétaro

Sierra Gorda de Querétaro

Atardecer Sierra Gorda de Querétaro

Atardecer Sierra Gorda de Querétaro

Desde hace algunos días no había puesto mucha atención en leer el diario razón por la que me encontraba muy superficialmente informado de las últimas noticias. Es por ello que hoy, decidido a actualizarme, reviso los titulares y artículos de los días pasados, mientras leo una a una las noticias en mi computadora una sola idea comienza a atravesar mi mente: Terror.

Sí de alguna manera es cierto que existen fuerzas malignas en este mundo, no tengo duda que andan muy activas últimamente. Por un momento interrumpo el trabajo que ha absorbido toda mi atención en los últimos meses y escribo pues no puedo no hacerlo.

Las advertencias del Comandante Fidel sobre el peligro nuclear que tal como él mismo, revive; resurge con fuerza y vitalidad desde un pasado donde los hombres aprendieron la manera correcta de destruir el mundo y estuvieron al borde de hacerlo.

La ominosa masacre de 72 migrantes centro y sudamericanos en el Estado de Tamaulipas por sicarios del cártel narcotraficante de Los Zetas representa por sí sola un terrible y doloroso botón de entre los miles de asesinatos que acontecen todos los días a lo largo de nuestro país.

El poder destructivo de la naturaleza, que, despertado por las actividades industriales necesarias para sostener la ilusión de la vida moderna sumado a la vergonzosa y tradicional corrupción e incapacidad de los gobiernos Federal y locales para prevenir, o al menos responder al desastre hace que más de 360 mil personas se vean afectados en los ya de por sí marginados Estados de Tabasco, Veracruz, Oaxaca, Guerrero y Chiapas.

Trescientas sesenta mil lágrimas, trescientos sesenta mil sufrimientos, trescientos sesenta mil horrores en este país donde a nadie le sorprende ya nada, y trescientos sesenta mil afectados no son tantos finalmente en este México de ciento quince y pico millones de desesperanzas.

Mientras por un lado uno de los más emblemáticos especímenes de la corrupción ideológica a la que ha llegado la curia católica, Onésimo Cepeda –Don Millonésimo- declara que el Estado laico es una jalada (chaqueta, paja, masturbación), por el otro, un espécimen igualmente singular del gorilismo político, el Secretario del Trabajo y Previsión Social (sic) Javier Lozano afirma que en México hay paz laboral y cero huelgas.

Todo este desorden me trae de vuelta al título de esta publicación, ¿México 2010?, de que se trata todo eso, que tiene de especial este año, ¿Por qué se habla tanto de él?.

Es lógico pensar que es por el 200° aniversario del arranque oficial de la Guerra de Independencia por el cura Hidalgo como dicen los libros de historia y el bombardeo publicitario, sumando al 100° aniversario de empezar la Revolución, porque en ese México (¿y en éste?, me pregunto) no había más salida que la violencia.

Pero no, no creo que es por eso, al menos no sólo por eso, muy en el fondo es algo que tod@s sabemos, sentimos, y vemos, aunque por igual lo suframos y lo lloremos:

Nuestro país se desmorona en pedazos, la violencia recorre nuestras calles, las ráfagas de muerte caen igual sobre los sicarios y jefes del narcotráfico, militares, marinos y policías de todos los niveles que sobre padres, hijos, estudiantes y las cientos de victimas desconocidas de una guerra que nos ha envuelto lenta y fríamente hasta cubrirnos por completo.

-A la pobreza ya estábamos acostumbrados- me dicen mientras recorremos las recolonializadas calles del centro de Cuernavaca -pero ésto es otra cosa, ¡Qué es eso de que anden matando a tanta gente!-.

La pobreza sin embargo es una de las principales causas de la violencia, el narcotráfico alimenta sus filas de entre los millones de seres que no podrían sobrevivir sino es matando. Hordas de mercenarios hambrientos con parejas, con hijos, con sueños e ilusiones, que por mucho que su accionar nos horrorice y desconcierte, son al final personas como nosotros a fin de cuentas.

No busquemos en sus sociopatías las razones de nuestra desdicha, pensemos más bien en como hemos podido permitir que en nuestro país un sólo ser humano (aunque sean miles) pueda transformarse en alguien capaz de asesinar, decapitar y destazar a sus oponentes.

Sabíamos que este era nuestro año, que esos grandes hitos que forman nuestra identidad nacional serían fuertemente recordados, que debería ser también una oportunidad para la reflexión y el debate para de alguna forma empezar de nuevo, que las cosas tenían que ir bien porque los doscientos años de independencia y los cien de revolución tendrían que haber servido de algo.

Sin embargo las cosas no están bien y aparentemente no lo estarán por un buen rato; el desazón, la vergüenza y la tristeza se apoderan de nosotros; a 11 días de la gran celebración tan publicitada, no sabemos bien a bien que celebrar.

Es por eso que se habla tanto de este año y por lo que pronto todas las calles se cubrirán de Verde, Blanco y Rojo y los medios de comunicación al servicio de ellos mismos como parte del sistema que genera nuestra ruina, aumentarán su bombardeo patriotero tratando de maquillar el rostro de un México herido a balazos.

Entre la guerra, la inestabilidad social, los desastres naturales y la celebración, los mexicanos nos desgarramos emocionalmente, sin embargo no podemos dejar pasar más el tiempo, tomemos el reto y en verdad reflexionemos, tengamos el valor de ver a nuestra realidad de frente y contemplarla fríamente, vis-à-vis, para conocer sus horrores y sus injusticias, para aprehenderla y hacerla de nuevo nuestra.

Recordemos que somos nosotros quienes la vivimos y la construimos día con día, y que somos nosotros lo que podemos elegir entre el desazón o la esperanza, quienes podemos decir YA BASTA y empezar de nuevo. Nosotros y nadie más somos los responsables de nuestro futuro; ¡CONSTRUYÁMOSLO!

Hola,

Pues después de un gran, gran lapso de tiempo sin publicar nada en este blog, me alegra poder presentarles la página del proyecto en el que hemos estado trabajando desde hace un buen tiempo.

Se trata del Foro Social Indígena 2010, que en esta ocasión se llevará a cabo en la comunidad de La Ciénega, Municipio de Malinaltepec, Guerrero del 8 al 12 de Octubre del 2010….

Toda la información en:
http://forosocialindigena2010.wordpress.com/

Foro Social Indígena

Foro Social Indígena

“Te disculpas y renuncias”

Manta en la colonia Villas de Salvárcar, Ciudad Juárez.

La visita de Calderón y su gabinete de seguridad a Ciudad Juárez es una muestra más del descontento generalizado de la población; no solo de ésta Ciudad fronteriza, victima como muchas otras del norte mexicano de la violencia generada tanto por el crímen organizado, la miseria  y el terror del Estado; si no del país completo.

La voz de Luz María Dávila, madre de dos de los jóvenes asesinados el 31 de Enero pasado en Juárez exigiendo disculpas y clamando por Justicia antes un ejecutivo sordo y mudo para la población es la misma voz de miles de madres, hermanas, abuelas e hijas mexicanas, es la rabia de la sociedad entera que llora por una guerra que no comprende, que no desea y para la que no fue consultada.
¿Cuánto dolor más puede aguantar este país?

El hartazgo social, las manifestaciones, las increpaciones al ejecutivo y sus funcionarios, las exigencias de su renuncia, y la represión fuera del centro Cibeles donde se realizaba la reunión entre Calderón y un comité selecto de juarenses son una muestra más de una política nacional sin rumbo ni perspectiva.

Si a ello sumamos los ataques a los sectores más diversos de la sociedad; los electricistas, los mineros, los campesinos, los movimientos sociales, la educación y la universidad pública, la economía popular y la empresarial; no queda más que preguntarse: ¿Qué buscan? ¿Por que provocar tanto dolor y sufrimiento en una sociedad que se encuentra ya resquebrajada? ¿Por qué exprimir más al pueblo? ¿Por qué ignorar las voces de una sociedad que dice: ¡Ya basta!?

No somos ciervos, somos ciudadanos.

Es por ello que el apoyo, la organización y la solidaridad son indispensables; sólo a la sociedad civil que somos todos corresponde empoderarse y retomar el control sobre el destino de este país; los derechos no se piden ni se exigen, se ejercen, asumamos la responsabilidad de hacerlo.

Saber más: Exigen juarenses salida del ejército; Reprimen policias protesta por la visita de Calderón a Juárez, Discúlpeme, Presidente, no le puedo dar la bienvenida.

Actúa: A que en 30 días….; Foro Social Indígena; Ahorra agua